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"A la mierda con el afinador electrónico."
A Jay le gustaba afinar la guitarra a su medida, y sólo su experto oído era capaz de dar con ella. La perfección del afinador le dejaba frío, pues había desarrollado cierta tendencia a templar hacia arriba, ligeramente más altas de lo correcto, las tres primeras cuerdas, las más agudas. Especialmente apretar el mi, la prima, que claramente desviaba la aguja de cualquier afinador electrónico. Eso sí, era a costa de tardar más en dejar la guitarra en su punto e incluso, a veces, en según qué circunstancias, ambientes algo ruidosos, condiciones de sonido incómodas en algún escenario, simplemente era incapaz de afinar el instrumento exactamente como a su caprichoso oído le satisfacía. Tenía que empezar a tocar, a veces actuaciones en público, ligeramente fuera de tono, hasta que, a fuerza de mínimos retoques a las clavijas a medida que iban avanzando las piezas musicales, conseguía tenerla a su gusto, en su puntito, como él mismo solía decir.
Tras el primer repaso por todas las llaves del clavijero, una a una, empezó a tocar un blues para probar el sonido general de su instrumento.
"Paciencia, paciencia, que aún nos falta un poquito".
Volvió a retorcer clavijas en la cabeza del mástil. Un par de minutos, un recorrido por los armónicos del traste siete y los del traste doce, cuatro acordes rasgueando todas las cuerdas, y un gesto claro: "estoy listo".
Jay movió rápidamente los dedos de su mano izquierda por el diapasón, haciendo sonar, un poco por casualidad, los tres primeros acordes a los que los dedos le llevaban. En cuanto lanzó al aire el tercero, se dio cuenta de que, sin querer, aquello sonaba al principio de "All along the watchtower", así que, antes de que pudiera pensarlo, ya estaba continuando la secuencia de acordes del tema, de una sencillez que algunos podrán llegar a llamar, algo más cruelmente, simpleza. Pero así es el verdadero rock and roll.
Así que a partir de ese momento, ocurrió en la sala de ensayo el fenómeno que nos podemos esperar: Jay empieza a rascar los cuatro acordes de la canción, a los pocos segundos se une el bajista, que también empieza a cantar, y solamente unos compases más tarde ya están ahí los teclados, la segunda guitarra y la batería. Como en la ficción amanerada de un anuncio de refrescos, han ido entrando uno a uno hasta que la música llena a presión la sala de ensayo. Música sencilla tocada de forma sencilla: un sonido pleno, vital, el grupo es de una pieza.
"There must be some way out of here," said the joker to the thief,
"There's too much confusion, I can't get no relief.
Businessmen, they drink my wine, plowmen dig my earth,
None of them along the line know what any of it is worth."
"No reason to get excited," the thief, he kindly spoke,
"There are many here among us who feel that life is but a joke.
But you and I, we've been through that, and this is not our fate,
So let us not talk falsely now, the hour is getting late."
"Tiene que haber una salida de aquí", dijo el bufón al ladrón, / "Hay demasiada confusión, no encuentro alivio. Los negociantes se han bebido mi vino, los labradores escarban mi tierra. Y ninguno de ellos conoce su valor". / "No hay razón para ponerse nervioso" dijo cortésmente el ladrón, / "Hay mucha gente entre nosotros que piensa que la vida no es otra cosa que una broma / pero tú y yo hemos pasado ya por eso, y ese no es nuestro destino, / así que no hablemos falsamente ahora, se está haciendo tarde."
La costumbre quiere que cuando se llega a las dos terceras partes de la canción sea el momento del solo. No hizo falta, pues, el menor gesto, la menor indicación: todos sabían que había que callar y ahora le tocaba a Jay.
Alguien le había dicho una vez, ¿su profesor de guitarra, quizá?, que Eric Clapton repetía siempre el consejo que le había dado un viejo bluesman: hazlo sencillo y mantenlo vivo. "Make it simple and keep it alive", tal vez le diría, en un inglés que siempre suena mejor que el castellano para estos usos, el anciano maestro. Y así es como le gustaban los solos a Jay, de acuerdo con los cánones del blues clásico: pocas notas en la primera ronda de acordes, una sola idea que se irá elaborando a medida que avance la música en el tiempo: una idea viva, que evoluciona, no hay vuelta atrás, cada nota nueva tiene que ser consecuente con su pequeña historia, tiene que soportar el peso de un pasado de apenas unos segundos, unos minutos, quizá sin saber de una forma consciente de dónde viene o hacia dónde va, pero sabiendo que no está aislada en el universo: otras notas, breves, largas, intensas, vibrantes, incluso insignificantes semicorcheas o fusas de relleno, la acompañan y componen juntas algo que tiene vida propia: hazlo sencillo y mantenlo vivo.
Su profesor, ahora sí que recordaba perfectamente su voz, sentado en el pequeño cuartito que destinaba a las clases particulares en su casa, con la vieja Gibson de caja sobre la pierna derecha, le recomendaba reflexionar sobre el significado íntimo de la letra y pensar en él al elaborar el solo. Incluso habían trabajado sobre esa canción en particular, "All along the watchtower". Le había puesto como modelo una grabación de Jimi Hendrix, en la que, decía el profesor, no se limitaba a poner música a una letra, a hacer un solo más o menos interesante, sino que el carácter de los versos marcaba la estructura del solo: toda la tensión acumulada desde el principio, previniendo hechos futuros, la confusión de que habla la letra, a través de un sonido igualmente confuso, distorsionado, y sobre todo la insistencia, la repetición de una escala hasta alcanzar la nota por todos esperada, que prefigura la liberación de los personajes de la canción, que aunque no ocurre en esta, todo el mundo sabe que algún día llegará, tras la acción inconclusa de los jinetes que se acercan y el viento que empieza a aullar, a ulular. Ulular, otra bonita forma de hacer sonar la guitarra.
Cosas así le había dicho su profesor, aunque Jay reconocía no haber terminado de entender. Cómo se estructura un solo, por ejemplo. Había creído comprender, asimilar, interiorizar algo escuchando a Alvin Lee en la película de Woodstock. Claro que había fumado mucha hierba. Me refiero a Jay, claro, aunque no pondría el muñón en el fuego por Alvin Lee. Pensar en Woodstock, en la hierba, y no precisamente la de los prados, le llevaba, asociación de ideas digna de ser estudiada, a las imágenes, de la misma película, de los niños pequeños en el escenario, desnuditos, acercándose a la batería con las baquetas, haciéndola sonar: rubitos, con el culo manchado de barro, los padres colocados, los músicos dejándoles jugar con los instrumentos. Esos niños que hoy pueden decir que ellos estuvieron en Woodstock, el prado aquel donde la juventud fue ingenua, virgen, tan simple que hoy nos parece tonta.
Pero Jay tenía un solo. Un solo que no levantaba el vuelo, pegado al suelo, a la escala pentatónica tantas veces practicada, a los lugares comunes que le servían para todos los blues, para todo Dylan, para todo Stones, para todo Rod Stewart. A veces era capaz de fijarse en alguna chica de las primeras filas y pensar que tocaba para ella: había logrado así algunos buenos momentos, incluso memorables, una vez maquillados por el tiempo, por el recuerdo. Podía también cerrar los ojos en el local de ensayo y buscar una cara en esa oscuridad, la de la misma chica para la que tocó aquella noche uno de sus mejores solos, podía hacerlo, sí, cerrar los ojos a la humedad del techo, al póster florecido de una actuación de Neil Young, a los cables por el suelo, a lo feo que era Teo, el bajista, al olor rancio de la pequeña sala, a las hueveras de cartón clavadas en las paredes.
Sin un final claro, como la canción, Jay dejó de puntear, cambió de posición la tecla del selector de pastillas de su guitarra, que inmediatamente endulzó el timbre, empezó a rascar y acercó su cara al micrófono para aullar los últimos versos a dúo con Teo.
All along the watchtower, princes kept the view
While all the women came and went, barefoot servants, too.
Outside in the distance a wildcat did growl,
Two riders were approaching, the wind began to howl.
A lo largo de la atalaya, los príncipes vigilaban. / Mientras todas las mujeres iban y venían, y los sirvientes, descalzos, también. / A lo lejos un gato montés maulló / Dos jinetes se iban aproximando, el viento empezó a ulular.
Un guitarrazo y un golpe de caja descoordinados dieron fin a la pieza, entre risas de los jóvenes.
"Ja, ja: cojonudo, ¿eh?". Jay, en momentos así, sabía que no era un sueño turbio ni un recuerdo desenfocado, en el límite entre lo real y lo imaginario: ahora desaparecían las dudas, se respondían las preguntas: sabía que era cierto, que tenía que ser así, no podía ser de otra manera: que él había sido uno de los niños, casi bebés, que habían subido desnudos al escenario de Woodstock para tocar la batería y casi tirar al suelo la guitarra de Jimi Hendrix, que nunca llegó a usar un afinador electrónico. Quizá porque no vivió lo suficiente.
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