Juan Pablo Caja
A bordo del "Al Fin", cerca de la Isla del Toro, con mi hijo Gerard, 2006
|
Tu padre no tiene nariz es una colección de algo más de un centenar de microrrelatos (género en el que tengo una fe infinita) escrita de finales de 2004 a principios de 2006, que ocupa la segunda parte del libro "Relatos de vinilo, cinta magnética y celuloide". Aquí puedes leer una pequeña selección (la misma que se publicó en el número 61 de La Bolsa de Pipas).
|
|
|
Tu padre no tiene nariz
|
La mesa pequeña de la ventana del Café Belvedere bailaba. Bailaba desde hacía años, lo había hecho siempre. Ese baile había derramado miles de cafés, cortados, descafeinados de sobre, chupitos de whisky, vasos de agua, naranjadas. Allí vacié medio carajillo el día que Lucía y yo lo dejamos. Un chupito de vodka casi entero la noche en que Lucía y yo volvimos a dejarlo. Un tercio del vaso de zumo de naranja la mañana en que Lucía me presentó a su futuro marido. Un café casi entero la tarde en que Rosita y yo lo dejamos. La vida sigue, pero la mesa pequeña de la ventana del Café Belvedere no deja de bailar. Y eso me preocupa.
|
|
Ella se puso en pie, me miró sin decir nada, se sonó las narices con un movimiento delicadamente grácil, y, antes de salir andando por el pasillo, me dijo, con su voz grave de mezzosoprano, las palabras más cargadas de sexo que había oído yo en mucho tiempo: "voy a descongelar la carne".
|
|
El famoso cocinero inspeccionó el sexto plato del menú de degustación, "germinado de cebolleta dulce y anchoa con emulsión de pimiento asado, patata y tomate", antes de que saliese de la cocina, y se quedó observando a distancia el pequeño ritual, ideado por él mismo, que escenificaban sus camareros al servir el plato en la mesa trece, donde le habían dicho que estaba cenando un diputado acompañado por un amigo. Una vez servido el plato, les dio tiempo a degustar su creación y en la pausa entre el sexto y el séptimo, que se amenizaba con un vino blanco francés especialmente escogido para servir de puente entre un plato y otro del menú, aprovechó para acercarse a la mesa a saludar: siempre gustaba a los clientes eso de que el famoso cocinero se interesara personalmente por la marcha del banquete. Iba incluido en el precio.
-¿Cómo está, señor diputado?, ¿todo bien?, ¿están cenando a gusto?
-El diputado es él, yo soy el traficante de armas, gracias.
-Oh, perdón... disculpe mi torpeza.
-No se preocupe, todo está perfecto.
-Delicioso -añadió el diputado.
|
|
-El estudio está vacío. Pon la cinta a grabar.
-No...
-Sí: hagamos una psicofonía, a ver qué sale. Estamos en un estudio histórico: aquí han grabado todos, Miles Davis, Monk, Mingus, Glenn Gould, Gilels... ahora es el momento. El momento de captar quién sabe qué: una carcajada de Menuhin, Kogan afinando su violín, un pedo de Cannonball Adderley recién llegado de cualquier otra dimensión.
-¿El pedo tiene que ser precisamente de Cannonball Adderley?
-Graba: es ahora, ahora o nunca.
|
|
Después de años de vida apacible, trabajo fijo, familia feliz, etcétera, se aprestó a vivir la gran aventura de su vida, la que le iba a llevar a la lucha por la supervivencia, a sentir el aliento de la muerte, a estar más vivo que nunca: el médico había detectado algo extraño en su próstata.
|
|
-Esta escultura es una mierda -dijo ella.
-Pinchada en un palo -añadió el.
De la pequeña peana de granito salía, efectivamente, un palo de madera en cuyo extremo estaba clavada una pequeña mierda de perro, ya reseca, seguramente dura como cartón piedra, pero brillante gracias a una gruesa capa de barniz cuidadosamente aplicada. Según el catálogo de la exposición, no se trataba de una imitación en material sintético, sino de un excremento real.
-Admirable -dijo ella.
-Sí -dijo él.
|
|
Y fueron felices y comieron perdices y a mí no me dieron porque no quisieron. Y sabe Dios que merecía compartir el banquete con ellos. Y lo que más me indigna de esa actitud tan miserable, de su egoísmo, es que no les impidió disfrutar su felicidad. Ellos, siendo mezquinos, eran felices. Lo que no hace sino corroborar, una vez más, que la justicia divina no existe.
|
|
Cuando Julio el gordo anunció que tenía gases todos supimos que teníamos que hacer algo de inmediato. Julio el gordo no era exactamente gordo, sino más bien enorme, gigante, inmenso y fuerte como un jugador de futbol americano. Su robusta naturaleza lo cualificaba como un consumidor excepcional de todo tipo de estupefacientes: se metía de todo sin inmutarse, y aquella noche no había sido una excepción, sino exactamente lo contrario. Así que, como decía, cuando Julio anunció que tenía gases y se tumbó en el sofá, todos nos lanzamos sobre él y pusimos las narices cerca de su culo, esperando que nos gasease con los pedos más alucinógenos de la historia. Palabra. Fue un pedo increíble, en todos los sentidos del término.
|
|
Homenaje a Neil Young
Creo que compraré una furgoneta, cargaré en ella mis cosas y me iré a alguna ciudad en la que encuentre un lugar que pueda decir que es mío. Y volveré a empezar. Y después creo que compraré una furgoneta, cargaré en ella mis cosas y me iré a alguna ciudad en la que encuentre un lugar que pueda decir que es mío. Y volveré a empezar.
|
|
Obituario
Flip: cobaya. Siete meses. Murió jugando: aplastado bajo un almohadón amarillo sobre el que se tumbaban, riendo, su pequeño dueño y su primita.
Tortu: tortuga mediterránea, de tierra. Especie protegida, dicho sea de paso. Dos años, apenas un bebé. Murió de una insolación al ser olvidada por su amo en el terrado de su casa un mediodía de agosto.
Pip: hamster. Se cayó, jugando con su dueña, de una litera alta. Parece que fractura de columna o algo así. Aún anduvo arrastrando las patas traseras durante una semana, o dos, hasta que los padres de la niña averiguaron lo que había pasado y la sacrificaron con un método que mejor no comentamos aquí.
Pío: canario. Un berrinche histórico de su propietario de cuatro años (porque sus padres no quisieron comprarle no sé qué) lo puso tan histérico que se puso a volar nerviosamente en su pequeña jaula y a darse golpes contra los barrotes hasta morir.
Croc: perrillo mil leches. Abandonado porque no sabemos qué hacer con él este verano y, a continuación, atropellado.
|
|
Videojuego
He robado dos camiones de bomberos y los tengo en el garaje de casa. A veces, para divertirme, provoco un incendio y voy corriendo a apagarlo. O salgo de casa corriendo y voy sembrando las calles de explosivo plástico; después subo a un tejado y desde ahí empiezo a disparar sobre los transeúntes. Cuando llegan las patrullas de policía hago estallar las cargas explosivas. Desde lo alto veo las llamas, las columnas de humo, a izquierda y derecha, ahí abajo. De camino a casa como pizza y más pizza.
|
|
Después de tantos años siendo el número uno entre los fotógrafos de moda y publicidad del mundo, Harvey Stockton decidió decir basta y cambiar su vida. Utilizar su sabiduría, lo que mejor podía hacer, para algo útil para los demás. Cogió sus cámaras y recorrió el mundo. Salió de su vida fácil en busca del sufrimiento, de la guerra, de la hambruna, de la pobreza. Retrató todo con su fiel Leica. Pasados muchos meses, años quizá, volvió a casa con el resultado de su trabajo. Seleccionó lo mejor de él y se lo mostró a su gran amigo. "Eres un puto genio, un pedazo de puto cabrón de genio de la fotografía", eso le dijo su gran gran amigo. No tuvo dificultades para organizar exposiciones en los mejores centros de arte de la Europa y la América civilizadas. La gente llenaba las salas y se admiraba ante su trabajo. Y era lógico que así fuera: eran las fotografías más bellas que nunca habían visto. El refinado arte del fotógrafo, pulido pacientemente durante años en el difícil, siempre competido, mundo de la moda y la publicidad, había alcanzado el punto más cercano a la perfección. Había sabido convertir el horror en belleza o, mejor dicho, no había podido hacer otra cosa: a través de su cámara la realidad se transformaba, casi involuntariamente: le salía así. "Yo no he hecho nada", decía en las entrevistas, "todo lo hace la luz, yo solamente la dejo entrar en mi cámara". Y, por ello, el mundo civilizado se postraba ante su arte. Nadie, como es lógico, pensó en la necesidad de cambiar algo, de actuar contra el hambre, la pobreza, la guerra. Después de todo, se trataba de las cosas más bellas, las verdaderas maravillas del mundo.
|
|
|